martes, 12 de noviembre de 2019

Confieso que he vivido (Memorias) Pablo Neruda

Revisado enero 2022

Revisado 18 de febrero de 2020

Confieso que he vivido (Memorias) Pablo Neruda. Editorial Seix Barral. Pag. 77-78.
La Palabra
…Todo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y  bajan…  Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me  las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto,… las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola…Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otras se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos que andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro,  oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca mas se ha vuelto ha ver en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada  la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando Se llevaron el oro y nos dejaron el oro…  Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.




jueves, 7 de noviembre de 2019

Tiene la noche una raíz (cuento de Luis Rafael Sánchez)

Revisado enero de 2022

Revisado febrero de 2020 
A Mariano Feliciano
    A las siete el dindón. Las tres beatísimas, con unos cuantos pecados a cuestas, marcharon a la iglesia a rezongar el ave nocturnal. Iban de prisita, todavía el séptimo dindón agobiando, con la sana esperanza de acabar de prisita el rosario para regresar al beaterío y echar, ¡ya libres de pecados!, el ojo por las rendijas y saber quién alquilaba esa noche el colchón de la Gurdelia. ¡La Gurdelia Grifitos nombrada! ¡La vergüenza de los vergonzosos, el pecado del pueblo todo!
   Gurdelia Grifitos, el escote y el ombligo de manos, al oír el séptimo dindón, se paró detrás del antepecho con su lindo abanico de nácar, tris-tras-tris-tras, y empezó a anunciar la mercancía. En el pueblo el negocio era breve. Uno que otro majadero cosechando los treinta, algún viejo verdérrimo o un tipitejo quinceañero debutante. Total, ocho o diez pesos por semana que, sacando los tres del cuarto, los dos de la fiambrera y los dos para polvos, meivelines y lipstis, se venían a quedar en la dichosa porquería que sepultaba en una alcancía hambrienta.
Gurdelia no era hermosa. Una murallita de dientes le combinaba con los ojos saltones y asustados que tenía, ¡menos mal! en el sitio en que todos tenemos los ojos. Su nariguda nariz era suma de muchas narices que podían ser suyas o prestadas. Pero lo que redondeaba su encanto de negrita bullanguera era el buen par de metáforas —princesas cautivas de un sostén cuarenticinco— que encaramaba en el antepecho y que le hacían un suculento antecedente. Por eso, a las siete, las mujeres decentes y cotidianas oscurecían sus balcones y sólo quedaba, como anuncio luminoso, el foco de la Gurdelia.
  Gurdelia se recostaba del antepecho y esperaba. No era a las siete ni a las ocho que venían sino más tarde. Por eso aquel toc único en su persiana la asombró. El gato de la vecina, pensó. El gato maullero encargado de asustarla. Desde su llegada había empezado la cuestión. Mariposas negras prendidas con un alfiler, cruces de fósforos sobre el antepecho, el miau en staccato, hechizos, maldiciones y fufús, desde la noche de la tormenta en que llegó al pueblo. Pero ella era valiente. Ni la asustaba eso, ni las sartas de insultos en la madrugada, ni las piedras en el techo. Así que cuando el toc se hizo de nuevo agarró la escoba, se echó un coño a la boca y abrió la puerta de sopetón. Y al abrir:
—Soy yo, doñita, soy yo que vengo a entrar. Míreme la mano apretá. Es un medio peso afisiao. Míreme el puño, doñita. Le pago éste ahora y después cada sábado le lavo el atrio al cura y medio y medio hasta pagar los dos que dicen que vale.
   La jeringonza terminó en la sala ante el asombro de la Grifitos, que no veía con buenos ojos que un muchachito se le metiera en la casa. No por ella, que no comía niños, sino por los vecinos. Un muchachito allí afilaba las piedras y alimentaba las lenguas. Luego, un muchachito bien chito, ni siquiera tirando a mocetón, un muchachito con gorra azul llamado…
—¿Cómo te llamas?
—Cuco.
Un muchachito llamado Cuco, que se quitó la gorra azul y se dejó al aire el cholo pelón.     
—¿Qué hace aquí?
—Vine con este medio peso, doñita.
—Yo no vendo dulce.
—Yo no quiero dulce, doñita.
—Pues yo no tengo ná.
—Ay, sí, doñita. Dicen los que han venío que… Cosa que yo no voy a decir pero dicen cosas tan devinas que yo he mancao este medio peso porque tengo gana del amor que dicen que usté vende.
—¿Quién dice?
Gurdelia puso cara de vecina y se llevó las manos a la cintura como cualquier señora honrada que pregunta lo que le gusta a su capricho.
—Yo oí que mi pai se lo decía a un compai, doñita. Que era devino. Que él venía de cuando en vez porque era devino, bien devino, tan devino que él pensaba golver.
—¿Y qué era lo devino?
—Yo no sé pero devino, doñita.
   Gurdelia Grifitos, lengüetera, bembetera, solariega, güíchara registrada, lavá y tendía en tó el pueblo, bocona y puntillosa, como que no encontraba por dónde agarrar el muerto. Abría los ojos, los cerraba, se daba tris-tras en las metáforas pero sólo lograba decir: Ay Virgen, ay Virgen. Gurdelia Grifitos, loba vieja en los menesteres de vender amor, como que no encontraba por dónde desenredar el enredo, porque era la primera vez en su perra vida que se veía requerida por un… por un… ¡Dios Santo! Era desenvuelta, cosa que en su caso venía como anillo, argumentosa, pico de oro, en fin, ¡águila! Pero de pronto el muchachito Cuco la había callado. Precisamente por ser el muchachito Cuco. Precisamente por ser el muchachito. En todos sus afanados años se había enredado con viejos solterones, viejos casados, viejos viudos, solteros sin obligación o maridos cornudos o maridos corneando. Pero, un mocosillo, Santa Cachucha, que olía a trompo y chiringa. Un mocosillo que podía ser, claro que sí, su hijo. Esto último la mareó un poco. El vientre le dio un sacudón y las palabras le salieron.
—Usté e un niño. Eso son mala costumbre.
—Aquí viene tó el mundo. Mi paí dijo…
Ahora no le quedaban razones. Los dientes, a Gurdelia, se le salían en fila, luego, en un desplazamiento de retaguardia volvían a acomodarse, tal la rabia que tenía.
—Usté e un niño.
—Yo soy un hombre.
—¿Cuánto año tiene?
—Die pa once.
—Mire nenine. Voy a llamar a su pai.
Pero Cuco puso la boca apucherada, como para llorar hasta mañana y entre puchero y gemido decía —que soy un hombre—. Gurdelia , el tris-tras por las metáforas, harta ya de la histeria y la historia le dijo que estaba bien, que le daría del amor.
Bien por dentro empezó a dibujar una idea.
—Venga acá… a mi falda.
Cuco estrenó una sonrisa de demonio junior.
—Cierre lo ojito.
—Pai decía que en la cama, doñita.
—La cama viene despué.
  Cuco, tembloroso, fue a acurrucarse por la cama de la Gurdelia. Ésta se estaba quieta pero el vientre volvió a darle otro salto magnífico. Cuando Gurdelia sintió la canción reventándole por la garganta, Cuco dijo —oiga, oiga—. Pero el sillón que se mecía y a la luz que era mediana y el vaivén del que no tiene vaca no bebe leche empezaron a remolcarlo hasta la zona rotunda del sueño. Gurdelia lo cambió a la cama y allí lo dejó un buen rato. Al despertar, como sin creerlo, como si se hubiese vuelto loco, Cuco, preguntó bajito:
—¿Ya, doñita?
Ella, como sin creerlo, como si se hubiese vuelto loca, le contestó, más bajito aún:
—Ya, Cuco.
   Cuco salió corriendo diciendo —devino, devino—. Gurdelia, al verlo ir, sintió el vaivén del que no tiene vaca no bebe leche levantándole una parcela de la barriga. Esa noche apagó temprano. Y un viejo borracho se cansó de tocar.
______________________
Este cuento forma parte del cuarto volumen de Sólo cuento editado por la Dirección de Literatura de la UNAM, que ganó el reconocimiento como el mejor libro de ficción otorgado por la CANIEM, en 2012.


miércoles, 6 de noviembre de 2019

La generación o sea (Luis Rafael Sánchez)

Revisado  enero 2022

Revisado febrero de 2020

La generación o sea (Luis Rafael Sánchez)

   Recientemente - y el adverbio flexibiliza la distancia temporal- un estudiante contestaba a mi pregunta  sobre la mala novela de un buen poeta de la manera  siguiente:
  “O sea que el personaje se suicida a sí mismo con pastillas de dormir, o sea que el personaje se mata a sí mismo, o sea con una  dosis  grande de supositorios”
   La referencia al personaje que, en el colmo de las osadías, se suicida a sí mismo no es la noticia más  relevante de la respuesta citada.Tampoco lo es el testimonio curioso de la ingestión masiva de supositorios, aunque una cantidad  generosa de los mismos sintetice la capacidad letal del exceso soporífero: cada quien se suicida por la vía de su apetito o preferencia. De las formas que ha de tomar el suicidio no hay legislación vigente: lo que revela además, la necesiad  de publicar un breviario sobre el particular en la hipotética serie coleccionable Hágalo personalmente. Tal publicación evitaría o fomentaría no solo suicidarse en primavera sino también los suicidios  ejemplares como el que escoge- borrascoso pero elocuente- el protagonista de la novela española del siglo quince Cárcel de amor.
    La noticia relevante, de la respuesta citada es la repetición, una, diez, cien veces de la frase “o sea”, utilizada como angustioso recurso de ciego de la lengua que adelanta ese torpe bastón inseguro y vacilante; o sea que reclama la palabra distante que ni llega ni alumbra porque ha sido almacenada en la región de la inteligencia que llamaremos, arbitrariamente, de la expresión cierta; región desde la cual asimos la realidad o la porción de  aquella que nos importa y conmueve, hecha toda de  palabra la realidad.
   En el acopio, la selección y el inventario de las palabras que totalizan la experiencia individual lo que se hace es acopiar, seleccionar e inventariar nada menos que la idea misma de la vida, y a su vez, las involuciones y revoluciones que la configuran; en toda palabra se concreta una experiencia de rigor social que nos impone y expone, toda palabra que nos fecha en la historia mientras nos historia, toda  palabra nos ficha  taxativamente en la moral. Fecha y ficha  plenamente completadas por la simple manifestación del pensamiento más simple.
   Escribo en puertorriqueño cuando llamo a la frase o sea recurso ciego de la lengua o muleta dolorosa de quien ha sido educado para no serlo; educación, la  oficiada en el salón de clases reducida al aparato circunstancial justamente prescindible. Cuando el estudiante aludido en párrafo inicial se lanza  a la exposición desde el equívoco trampolín que es la frase o sea  adelanta que no  dispone  de la palabra que más tarde, en el reconocimiento de la impotencia verbal, jurará tener-paradójicamente- en la punta de la lengua. La frase o sea[ISMS1]  pretende completar, precisar o hasta traducir la afirmación primera: “o sea que el personaje  se suicida a sí mismo con pastillas de dormir” a una lengua, creídamente eficaz:  “o sea que el personaje se suicida así mismo”.
   La reacción siguiente a lo que apenas si es un balbuceo es francamente desoladora; donde no ocupa espacio la palabra se coloca una sonrisa mediana o mediadora, se organiza una gesticulación trunca, se oscurece la sílaba última de la oración como advertencia de la limitación o mutilación expresiva aunque la causa  se desconoce o se  aparenta desconocer.
   Escribo en puertorriqueño cuando digo que entre nosotros no se maneja la lengua con comodidad, con soltura y cabalidad, con la naturalidad y el empeño de aquel para quien la lengua no es motivo de tensión, pero sí el aparato que transmite su vibración íntima: la espiritual, la ideal, la material. ¡Ojo! No me refiero a una lengua de falsificado hispanismo y casticismo maltrecho, refulgente de mantones, castañuelas  y zetas que quiebran el oído. Tampoco a una lengua de soterrada intención clasista y erudición de antología descompaginada con la que se trafica por las academias de artes y ciencias, las directivas de clubes cívicos y la telúrica poesía del pendejismo lírico que tan larga carrera ha hecho entre nosotros. Hablo del embarazo de organizar la experiencia desde la palabra corriente, lozana; hablo de la posición firme, profunda, clara, de nuestra lengua, nuestra única lengua, pese a la mentira  burocrática del bilingüismo.
   La vacilación nominativa, la recurrencia a la piedad del o sea, traductor de un pensamiento que jamás se efectúa, la sustitución de las palabras reales por términos de grotesca manufactura  como el deso, la desa, el coso, el cosito ese, la cosita esa, la vaina esa, el aparatito que es como una cosita redondita, participan de una explicación rasa: la educación ambivalente, colonizada y colonizadora a los niveles simultáneos  del hogar y la escuela.
   Chiquiteo y mamismo, nieve y ardillitas juguetonas de Central Park, faldas de la madre y la abuela, y la tía y la maestra y la principal escolar y el cura, log cabin, del buenazo de Lincoln y árbol de cherry del perdonado por verdadero George Washington, huevo de Easter y brujas de Halloween; el niño puertorriqueño recala en la palabra tras un viaje por la más oscura de las selvas como ha planteado, deliciosamente, el escritor Salvador Tió en su artículo Amol se escribe con R; selva oscura e inhóspita donde la palabra niño revierte a la  reducción más pueril e insensata: el niño es el niñito además de ser gordito o flaquito, peludito o calvito, feíto o graciosito; el niñito tiene una naricita en vez de una nariz, el niñito toma lechita en vez de leche, el criterio selectivo de la mamita decidirá si toma de las Tres Monjitas, el niñito defeca una caquita blanquita pero jamás una caca blanda, el niñito está dormidito en su cunita, pero nunca dormido en una cuna. La enumeración es infinita y hasta auspicia el razonamiento malsano de que Blancanieves y los siete enanitos es la expresión más alta de nuestra literatura nacional.
   La protección diminutista no sería lesiva si las palabras  murieran una vez dichas, sino albergaran la intensidad de  un corazón que late: pero una palabra es mucho más que una palabra; es una toma de poder, un arma que  permite la modificación de la circunstancia, una licencia  para instalarse en el mundo. Tras ese chiquiteo inicial se dispone la reducción de la palabra en su contenido y su número; falsa, torpemente, se asume que el niño niñito está incapacitado para acumular un vocabulario amplio y exacto. Del chiquiteo cuyos itos e itas presuponen una inmensidad de dulzura y cariño se pasa a la utilización de los términos de grotesca manufactura como el deso, la desa, el coso, el cosito, la vaina, el aparatito que es como una  cosita redondita, sustitutos imposibles para la nominación correcta del objeto. Mediante este proceso la realidad se elementariza hasta hacerse extraña y desconocida y la palabra se niega o se escamotea. La facilidad necia que se le adelanta al niño en los años del ahorro léxico se convierte, una vez adulto, en la más patética de las dificultades: la imposibilidad de la fluidez verbal meramente acceptable.
   La escuela puertorriqueña es un carnaval de veleidades: bailoteo y caridad putrefacta, ropaje y mascaras alegrotas, ceremoniales de graduación y santoral  académico, Patrulla áerea civil y Futuras amas de casa de América; orientación rotunda para la desorientación futura. La tontería se eleva a categoría, la frivolidad también. Como si el norte de todo el sistema educativo puertorriqueño fuera el fracaso estrepitoso.
  Escribo en puertorriqueño y llamo generación o sea a aquella a la que se le opone la construcción de la libertad social  de la libertad social de la palabra: suma mayor de las otras. Esa libertad se cumple cuando el individuo se educa para saber l nombre exacto y escueto de las cosas: sin falsificaciones, sin bizquera semántica sin desos o sea trágicos que impiden informar – lisa y llanamente- que un personaje se ha suicidado con soporíferos. En su libro El laberinto de la soledad afirma el mexicano Octavio Paz que “la crítica del lenguaje es una crítica  histórica y moral”. Buen tratado para un comienzo: palabra, historia y moral en una sola ecuación.
                                                              (Tomado de Claridad, San Juan, 23-1-1972)

sábado, 31 de agosto de 2019

Chile, el golpe y los gringos


Revisado enero de 2022

Revisado en febrero de 2020


Chile, el Golpe y los gringos


Gabriel García Márquez


    A fines de 1969, tres generales del Pentágono cenaron con cuatro militares chilenos en una casa de los suburbios de Washington.  El anfitrión era el entonces coronel Gerardo López-Angulo, agregado aéreo de la misión militar de Chile en los Estados Unidos, y los invitados chilenos eran sus colegas de las otras armas.  La cena era en honor del Director de la escuela de Aviación de Chile, general Toro Mazote, quien había llegado el día anterior para una visita de estudio.  Los siete militares comieron ensalada de frutas y asado de ternera con guisantes, bebieron los vinos de corazón tibio de la remota patria del sur donde había pájaros luminosos en las playas mientras Washington naufragaba en la nieve, y hablaron en inglés de lo único que parecía interesar a los chilenos en aquellos tiempo: las elecciones presidenciales del próximo septiembre. A los postres, uno de los generales del Pentágono preguntó qué haría el ejército de Chile si el candidato de la izquierda Salvador Allende ganaba las elecciones.  El general Toro Mazote contestó: "Nos tomaremos el palacio de la Moneda en media hora, aunque tengamos que incendiarlo"


   Uno de los invitados era el general Ernesto Baeza actual director de la Seguridad Nacional de Chile, que fue quien dirigió el asalto al palacio presidencial en el golpe reciente, y quien dio la orden de incendiarlo.  Dos de sus subalternos de aquellos días se hicieron célebres en la misma jornada: el general Augusto Pinochet, presidente de la Junta Militar, y el general Javier Palacios, que participó en la refriega final contra Salvador Allende.  También se encontraba en la mesa el general de brigada aérea Sergio Figueroa Gutiérrez, actual ministro de obras públicas, y amigo íntimo de otro miembro de la Junta Militar, el general del aire Gustavo Leigh, que dio la orden de bombardear con cohetes el palacio presidencial. El último invitado era el actual almirante Arturo Troncoso, ahora gobernador naval de Valparaíso, que hizo la purga sangrienta de la oficialidad progresista de la marina de guerra, e inició el alzamiento militar en la madrugada del once de septiembre.


  Aquella cena histórica fue el primer contacto del Pentágono con oficiales de las cuatro armas chilenas.  En otras reuniones sucesivas, tanto en Washington como en Santiago, se llegó al acuerdo final de que los militares chilenos más adictos al alma y a los intereses de los Estados Unidos se tomarían el poder en caso de que la Unidad Popular ganara las elecciones.  Lo planearon en frío, como una simple operación de guerra, y sin tomar en cuenta las condiciones reales de Chile.


    El plan estaba elaborado desde antes, y no sólo como consecuencia de las presiones de la International Telegraph & Telephone (I.T.T), sino por razones mucho más profundas de política mundial.  Su nombre era "Contingency Plan".  El organismo que la puso en marcha fue  “Defense Intelligence Agency del Pentágono”, pero la encargada de su ejecución fue la “Naval Intelligency Agency”, que centralizó y procesó los datos de las otras agencias, inclusive la CIA, bajo la dirección política superior del Consejo Nacional de Seguridad.  Era normal que el proyecto se encomendara a la marina, y no al ejército, porque el golpe de Chile debía coincidir con la Operación Unitas, que son las maniobras conjuntas de unidades norteamericanas y chilenas en el Pacífico.  Estas maniobras se llevaban a cabo en septiembre, el mismo mes de las elecciones y resultaba natural que hubiera en la tierra y en el cielo chilenos toda clase de aparatos de guerra y de hombres adiestrados en las artes y las ciencias de la muerte.


   Por esa época, Henry Kissinger dijo en privado a un grupo de chilenos: "No me interesa ni sé nada del Sur del Mundo, desde los Pirineos hacia abajo. El “Contingency Plan” estaba entonces terminado hasta su último detalle, y es imposible pensar que Kissinger no estuviera al corriente de eso, y que no lo estuviera el propio presidente Nixon.


  Chile es un país angosto, con 4.270 kilómetros de largo y 190 de ancho, y con 10 millones de habitantes efusivos, dos de los cuales viven en Santiago, la capital.  La grandeza del país no se funda en la cantidad de sus virtudes, sino el tamaño de sus excepciones.  Lo único que produce con absoluta seriedad es mineral de cobre, pero es el mejor del mundo, y su volumen de producción es apenas inferior al de Estados Unidos y la Unión Soviética.  También produce vinos tan buenos como los europeos, pero exportan poco porque casi todos se los beben los chilenos.  Su ingreso per cápita, 600 dólares, es de los más elevados de América Latina, pero casi la mitad del producto nacional bruto se lo reparten solamente 300.000 personas. En 1932, Chile fue la primera república socialista del continente, y se intentó la nacionalización del cobre y el carbón con el apoyo entusiasta de los trabajadores, pero la experiencia sólo duró 13 días.  Tiene un promedio de un temblor de tierra cada dos días y un terremoto devastador cada tres años. Los geólogos menos apocalípticos consideran que Chile no es un país de tierra firme sino una cornisa de los Andes en un océano de brumas, y que todo el territorio nacional, con sus praderas de salitre y sus mujeres tiernas, está condenado a desaparecer en un cataclismo.


  Los chilenos, en cierto modo, se parecen mucho al país. Son la gente más simpática del continente, les gusta estar vivos y saben estarlo lo mejor posible, y hasta un poco más, pero tienen una peligrosa tendencia al escepticismo y a la especulación intelectual.  "Ningún chileno cree que mañana es martes", me dijo alguna vez otro chileno, y tampoco él lo creía.  Sin embargo, aún con esa incredulidad de fondo, o tal vez gracias a ella, los chilenos han conseguido un grado de civilización natural, una madurez política y un nivel de cultura que son sus mejores excepciones De tres premios Nobel de literatura que ha obtenido América Latina, dos fueron chilenos. Uno de ellos, Pablo Neruda, era el poeta más grande de este siglo.


   Todo esto debía saberlo Kissinger cuando contestó que no sabía nada del sur del mundo, porque el gobierno de los Estados Unidos conocía entonces hasta los pensamientos más recónditos de los chilenos.  Los había averiguado en 1965, sin permiso de Chile, en una inconcebible operación de espionaje social y político: el Plan Camelot.  Fue una investigación subrepticia mediante cuestionarios muy precisos, sometidos a todos los niveles sociales, a todas las profesiones y oficios, hasta en los últimos rincones del país, para establecer de un modo científico el grado de desarrollo político y las tendencias sociales de los chilenos.  En el cuestionario que se destinó a los cuarteles, figuraba la pregunta que cinco años después volvieron a oír los militares chilenos en la cena de Washington: "¿Cuál será la actitud en caso de que el comunismo llegue al poder? - La pregunta era capciosa.  Después de la operación Camelot, los Estados Unidos sabían a cierta que Salvador Allende sería elegido presidente de la república.



Chile no fue escogido por casualidad para este escrutinio.  La antigüedad y la fuerza de su movimiento popular, la tenacidad y la inteligencia de sus dirigentes, y las propias condiciones económicas y sociales del país permitían vislumbrar su destino.  El análisis de la operación Camelot lo confirmó: Chile iba a ser la segunda república socialista del continente después de Cuba.  De modo que el propósito de los Estados Unidos no era simplemente impedir el gobierno de Salvador Allende para preservar las inversiones norteamericanas.  El propósito grande era repetir la experiencia más atroz y fructífera que ha hecho jamás el imperialismo en América Latina: Brasil.


El 4 de septiembre de 1970, como estaba previsto, el médico socialista y masón Salvador Allende fue elegido presidente de la república.  Sin embargo, el  “Contingency  Plan” no se puso en práctica.  La explicación más corriente es también la más divertida: alguien se equivocó en el Pentágono, y solicitó 200 visas para un supuesto orfeón naval que en realidad estaba compuesto por especialistas en derrocar gobiernos, y entre ellos varios almirantes que ni siquiera sabían cantar.  El gobierno chileno descubrió la maniobra y negó las visas.  Este percance, se supone, determinó el aplazamiento de la aventura.  Pero la verdad es que el proyecto había sido evaluado a fondo: otras agencias norteamericanas, en especial la CIA y el propio embajador de los Estados Unidos en Chile, Edward Korry, consideraron que el “Contingency Plan” era sólo una operación militar que no tomaba en cuenta las condiciones actuales de Chile.


   En efecto, el triunfo de la Unidad Popular no ocasionó el pánico social que esperaba el Pentágono.  Al contrario, la independencia del nuevo gobierno en política internacional, y su decisión en materia económica, crearon de inmediato un ambiente de fiesta social.  En el curso del primer año se habían nacionalizado 47 empresas industriales, y más de la mitad del sistema de créditos.  La reforma agraria expropió e incorporó a la propiedad social 2.400.000 hectáreas de tierras activas.  El proceso inflacionario se moderó: se consiguió el pleno empleo y los salarios tuvieron un aumento efectivo de un 40 por ciento.


     El gobierno anterior, presidido por el demócrata cristiano Eduardo Frei, había iniciado un proceso de chilenización del cobre.  Lo único que hizo fue comprar el 51 por ciento de las minas, y sólo por la mina de El Teniente pagó una suma superior al precio total de la empresa.  La Unidad Popular recuperó para la nación con un solo acto legal todos los yacimientos de cobre explotados por las filiales de compañías norteamericanas, la Anaconda y la Kennecott.  Sin indemnización: el gobierno calculaba que las dos compañías habían hecho en 15 años una ganancia excesiva de 80.000 millones de dólares.


   La pequeña burguesía y los estratos sociales intermedios, dos grandes fuerzas que hubieran podido respaldar un golpe militar en aquel momento, empezaban a disfrutar de ventajas imprevistas, y no a expensas del proletariado, como había ocurrido siempre, sino a expensas de la oligarquía financiera y el capital extranjero.  Las fuerzas armadas, como grupo social, tienen la misma edad, el mismo origen y las mismas ambiciones de la clase media y no tenían motivo, ni siquiera una coartada, para respaldar a un grupo exiguo de oficiales golpistas.  Consciente de esa realidad, la Democracia Cristiana no solo no patrocinó entonces la conspiración de cuartel, sino que se opuso resueltamente porque la sabía impopular dentro de su propia clientela.


    Su objetivo era otro: perjudicar por cualquier medio la buena salud del gobierno para ganarse las dos terceras partes del Congreso en las elecciones de marzo de 1973.  Con esa proporción podía decidir la destitución constitucional del presidente de la república.


    La Democracia Cristiana era una gran formación inter-clasista, con una base popular auténtica en el proletariado de la industria moderna, en la pequeña y media industria moderna, en la pequeña y media propiedad campesina, y en la burguesía y la clase media de las ciudades.  La Unidad Popular expresaba al proletariado obrero menos favorecido, al proletariado agrícola, a la baja clase media de las ciudades.


  La Democracia Cristiana, aliada con el Partido Nacional de extrema derecha, controlaba el Congreso.  La Unidad Popular controlaba el poder ejecutivo.  La polarización de esas dos fuerzas iba a ser, de hecho, la polarización del país. Curiosamente, el católico Eduardo Frei, que no cree en el marxismo, fue quien aprovechó mejor la lucha de clases, quien la estimuló y exacerbó; con el propósito de sacar de quicio al gobierno y precipitar al país por la pendiente de la desmoralización y el desastre económico.


    El bloqueo económico de los Estados Unidos por la expropiaciones sin indemnización y el sabotaje interno de la burguesía hicieron el resto.  En Chile se produce todo, desde automóviles hasta pasta dentífrica, pero la industria tiene una identidad falsa: en las 160 empresas más importantes, el 60 por ciento era capital extranjero, y el 80 por ciento de sus elementos básicos importados.  Además, el país necesitaba 300 millones de dólares anuales para importar artículos de consumo, y otros 450 millones para pagar los servicios de la deuda externa.  Los créditos de los países socialistas no remediaban la carencia fundamental de repuestos, pues toda industria chilena, la agricultura y el transporte, estaban sustentados por equipo norteamericano.  La Unión Soviética tuvo que comprar trigo de Australia para mandarlo a Chile, porque ella misma no tenía y a través del Banco de la Europa del Norte, de París, le hizo varios empréstitos sustanciosos en dólares efectivos.  Cuba, en un gesto que fue más ejemplar que decisivo, mandó un barco cargado de azúcar regalada.  Pero las urgencias de Chile eran descomunales.  Las alegres señoras de la burguesía, con el pretexto del racionamiento y de las pretensiones excesivas de los pobres, salieron a la plaza pública haciendo sonar sus cacerolas vacías.  No era casual, sino al contrario, muy significativo, que aquel espectáculo callejero de zorros plateados y sombreros de flores ocurriera la misma tarde que Fidel Castro terminaba una visita de treinta días que había sido un terremoto de agitación social.



La última cueca feliz de Salvador Allende  


    El Presidente Salvador Allende comprendió entonces, y lo dijo, que el pueblo tenía el gobierno pero no tenía el poder.  La frase más alarmante, porque Allende llevaba dentro una almendra legalista que era el germen de su propia destrucción: un hombre que peleó hasta la muerte en defensa de la legalidad, hubiera sido capaz de salir por la puerta mayor de la Moneda, con la frente en alto, si lo hubiera destituido el congreso dentro del marco de la constitución.


   La periodista y política Rossana Rossanda, que visitó a Allende por aquella época, lo encontró envejecido, tenso y lleno de premoniciones lúgubres, en el diván de cretona amarilla donde había de reposar el cadáver acribillado y con la cara destrozada por un culatazo de fusil.  Hasta los sectores más comprensivos de la Democracia Cristiana estaban entonces contra él. "¿Inclusive Tomic?" - le preguntó Rossana. -"Todos", contestó, Allende.


   En vísperas de las elecciones de marzo de 1973, en las cuales se jugaba su destino, se hubiera conformado con que la Unidad Popular obtuviera el 36 por ciento.  Sin embargo, a pesar de la inflación desbocada, del racionamiento feroz, del concierto de olla de las cacerolinas alborotadas, obtuvo el 44 por ciento.  Era una victoria tan espectacular y decisiva, que cuando Allende se quedó en el despacho, sin más testigos que su amigo y confidente, Augusto Olivares, hizo cerrar la puerta y bailó solo una cueca.




   Para la Democracia Cristiana, aquella era la prueba de que el proceso democrático promovido por la Unidad Popular no podía ser contrariado con recursos legales, pero careció de visión para medir las consecuencias de su aventura: es un caso imperdonable de irresponsabilidad histórica. Para los Estados Unidos era una advertencia mucho más importante que los intereses de las empresas expropiadas; era un precedente inadmisible en el progreso pacífico de los pueblos del mundo, pero en especial para los de Francia e Italia, cuyas condiciones actuales hacen posible la tentativa de experiencias semejantes a las de Chile: Todas las fuerzas de la reacción interna y externa se concentraron en un bloque compacto.


    En cambio los Partidos de la Unidad Popular cuyas grietas internas era mucho más profundas de lo que se admite, no lograron ponerse de acuerdo con el análisis de la votación de marzo.  El gobierno se encontró sin recursos, reclamado desde un extremo por los partidarios de aprovechar la evidente radicalización de las masas para dar un salto decisivo en el cambio social, y los más moderados que temían al espectro de la guerra civil y confiaban en llegar a un acuerdo regresivo con la Democracia Cristiana.  Ahora se ve con mucha claridad que esos contactos, por parte de la oposición no eran más que un recurso de distracción para ganar tiempo.



La CIA y el paro  patronal



    La huelga de camioneros fue el detonante final.  Por su geografía fragorosa, la economía chilena está a merced de su transporte rodado.  Paralizarlo es paralizar el país.  Para la oposición era muy fácil hacerlo, porque el gremio del transporte era de los más afectados por la escasez de repuestos, y se encontraba además amenazado por la disposición del gobierno de nacionalizar el transporte con equipos soviéticos.  El paro se sostuvo hasta el final, sin un solo instante de desaliento, porque estaba financiado desde el exterior con dinero efectivo.  La CIA inundó de dólares el país para apoyar el Paro Patronal, y esa divisa bajó en la bolsa negra, escribió Pablo Neruda a un amigo en Europa.  Una semana antes del golpe se había acabado el aceite, la leche y el pan.

    

     En los últimos días de la Unidad Popular, con la economía desquiciada y el país al borde de la guerra civil, las maniobras del gobierno y de la oposición se centraron en la esperanza de modificar, cada quien a su favor, el equilibrio de fuerzas dentro del ejército. La jugada final fue perfecta: cuarenta y ocho horas antes del golpe, la oposición       había logrado descalificar a los mandos superiores que respaldaban a Salvador Allende, y habían ascendido en su lugar, uno por uno, en una serie de enroques y gambitos magistrales a todos los oficiales que habían asistido a la cena de Washington.


    Sin embargo, en aquel momento el ajedrez político había escapado a la voluntad de sus protagonistas. Arrastrados por una dialéctica irreversible, ellos mismos terminaron convertidos en ficha de un ajedrez mayor, mucho más complejo y políticamente mucho más importante que una confabulación consciente entre el imperialismo y la reacción contra el gobierno del pueblo.  Era una terrible confrontación de clases que la habían provocado, una encarnizada rebatiña de intereses contrapuestos cuya culminación final tenía que ser un cataclismo social sin precedentes en la historia de América.


El ejército más sanguinario del mundo


   Un golpe militar, dentro de las condiciones chilenas, no podía ser incruento.  Allende lo sabía.  No se juega con fuego, le había dicho a la periodista italiana Rossana Rossanda.  Si alguien cree que en Chile un golpe militar será como en otros países de América, como un simple cambio de guardia en la Moneda, se equivoca de plano.  Aquí, si el ejército se sale de la legalidad, habrá un baño de sangre. Será Indonesia. Esa certidumbre tenía un fundamento histórico.


   Las fuerzas armadas de Chile, el contrario de lo que se nos ha hecho creer, han intervenido en la política cada vez que se han visto amenazados sus intereses de clase y lo han hecho con un tremenda ferocidad represiva.  Las dos constituciones que ha tenido el país en un siglo fueron impuestas por las armas y el reciente golpe militar era la sexta tentativa de los últimos cincuenta años.


    El ímpetu sangriento del ejército chileno le viene de su nacimiento, en la terrible escuela de la guerra cuerpo a cuerpo contra los araucanos, que duró 300 años.  Uno de los precursores se vanagloriaba, en 1620, de haber matado con su propia mano, en una sola acción, a más de 2.000 personas.  Joaquín Edwards Bello cuenta en sus crónicas que durante una epidemia de tifo exantemático, el ejército sacaba a los enfermos de sus casas y los mataba con un baño de veneno para acabar con la peste.  Durante una guerra civil de siete meses en 1891, hubo 10.000 muertos en una sola batalla.  Los peruanos aseguran que durante la ocupación de Lima, en la guerra del Pacífico, los militares chilenos saquearon la biblioteca de don Ricardo Palma, pero que no usaban los libros para leerlos, sino para limpiarse el trasero.


    Con mayor brutalidad han sido reprimidos los movimientos populares.  Después del terremoto de Valparaíso, en 1906, las fuerzas navales liquidaron la organización de los trabajadores portuarios con una masacre de 8.000 obreros. En Iquique, a principios del siglo, una manifestación de huelguistas se refugió en el teatro municipal, huyendo de la tropa y fue ametrallada: hubo 2.000 muertos.  El 2 de abril de 1957 el ejército reprimió una asonada civil en el centro de Santiago causando un número de víctimas que nunca se pudo establecer, porque el gobierno escamoteó los cuerpos en entierros clandestinos.  Durante una huelga en la mina de El Salvador, bajo el gobierno de Eduardo Frei, una patrulla militar dispersó a bala una manifestación y mató a seis personas, entre ellas varios niños y una mujer encinta.  El comandante de la plaza era un oscuro general de 52 años, padre de cinco niños, profesor de geografía y autor de varios libros sobre asuntos militares: Augusto Pinochet.


   El mito del legalismo y la mansedumbre de aquel ejército carnicero había sido inventado en interés propio de la burguesía chilena.  La Unidad Popular lo mantuvo con la esperanza de cambiar a su favor la composición de clase de los cuadros superiores.  Pero Salvador Allende se sentía más seguro entre los carabineros, un cuerpo armado de origen popular y campesino que estaba bajo el mando directo del presidente de la república.  En efecto, sólo los oficiales más antiguos de los Carabineros secundaron el golpe.  Los oficiales jóvenes se atrincheraron en la escuela de Sub-oficiales de Santiago y resistieron durante cuatro días, hasta que fueron aniquilados desde el aire con bombas de guerra.


    Esa fue la batalla más conocida de la contienda secreta que se libró en el interior de los cuarteles la víspera del golpe.  Los golpistas asesinaron a los oficiales que se negaron a secundarlos y a los que no cumplieron las órdenes de represión.  Hubo sublevaciones de regimientos enteros, tanto en Santiago como en la provincia que fueron reprimidas sin clemencia y sus promotores fueron fusilados para escarmiento de la tropa.  El comandante de los coraceros de Viña del Mar, coronel Cantuarias, fue ametrallado por sus subalternos.  El gobierno actual ha hecho creer que muchos de esos soldados leales fueron víctimas de la resistencia popular.  Pasará tiempo antes de que se conozcan las proporciones reales de esa carnicería interna, porque los cadáveres eran sacados de los cuarteles en camiones de basura y sepultados en secreto.  En definitiva, sólo medio centenar de oficiales de confianza, al frente de tropas depuradas de antemano, se hicieron cargo de la represión.


   Numerosos agentes extranjeros tomaron parte en el drama.  El bombardeo del palacio de la Moneda, cuya precisión técnica asombró a los expertos, fue hecho por un grupo de acróbatas aéreos norteamericanos que habían entrado con la pantalla de la operación Unitas, para ofrecer un espectáculo de circo volador el próximo 18 de septiembre, día de la independencia nacional.  Numerosos policías secretos de los gobiernos vecinos, infiltrados por la frontera de Bolivia, permanecieron escondidos hasta el día del golpe y desataron una persecución encarnizada contra unos 7.000 refugiados políticos de otros países de América Latina.


   Brasil, patria de los gorilas mayores, se había encargado de ese servicio.  Había promovido, dos años antes, el golpe reaccionario en Bolivia que quitó a Chile un respaldo sustancial y facilitó la infiltración de toda clase de recursos para la subversión.  Alguno de los empréstitos que ha hecho los Estados Unidos al Brasil han sido transferidos en secreto a Bolivia para financiar la subversión en Chile.  En 1972, el general William Westmoreland hizo un viaje secreto a La Paz, cuya finalidad no se ha revelado.  No parece casual, sin embargo, que poco después de aquella visita sigilosa, se iniciaran movimientos de tropa y material de guerra en la frontera con Chile y esto dio a los militares chilenos una oportunidad más de afianzar su posición interna y de hacer desplazamientos de personal y promociones jerárquicas favorables al golpe inminente.


  Por fin, el 11 de septiembre, mientras se adelantaba la operación Unitas, se llevó a cabo el plan original de la cena de Washington, con tres años de retraso, pero tal como se había concebido: no como un golpe de cuartel convencional, sino como una devastadora operación de guerra.


    Tenía que ser así, porque no se trataba de tumbar a un gobierno, sino de implantar la tenebrosa simiente del Brasil, con sus terribles máquinas de terror, de tortura y de muerte, hasta que no quedara en Chile ningún rastro de las condiciones políticas y sociales que hicieron posible la Unidad Popular.  Cuatro meses después del golpe, el balance era atroz: casi 20.000 personas asesinadas; 30.000 prisioneros políticos sometidos a torturas salvajes, 25.000 estudiantes expulsados y más 200.000 obreros licenciados.  La etapa más dura, sin embargo; aún no había terminado.



La verdadera muerte de un  presidente  


    A la hora de la batalla fina, con el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado a la legalidad.  La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa.  La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno sino desde el poder.


    Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un presidente sin poder.  Resistió durante seis horas, con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primer arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás.  El periodista Augusto Olivares, que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la Asistencia Pública.


    Hacia las cuatro de la tarde, el general de división Javier Palacios logró llegar al segundo piso, con su ayudante, el capitán Gallardo y un grupo de oficiales.  Allí, entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de dragones chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando, estaba en mangas de camisa, sin corbata, y con la ropa sucia de sangre.  Tenía la metralleta en la mano.


    Allende conocía bien al general Palacios.  Pocos días antes, le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los Estados Unidos.  Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: "Traidor" y lo hirió en una mano.


    Allende murió en un intercambio de disparos con esta patrulla.  Luego, todos los oficiales, en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo.  Por último, un suboficial le destrozó la cara con la culata del fusil.  La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver.  Estaba tan desfigurado, que a la señora Hortensia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.


    Había cumplido 64 años en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible.  Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros.  Amaba la vida, amaba las flores y los perros y era de una galantería un poco a la antigua, con esquelas perfumadas y encuentros furtivos.  Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que los había declarado ilegítimos pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.  El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo y que se quedó en nuestras vidas para siempre.


Gabriel García Márquez


Carta de Gabriel García Márquez a Bush

Revisado enero de 2022

Revisado febrero de 2020


Carta a Bush de Gabriel García Márquez

Artículo de Gabriel García Márquez sobre el 11 de septiembre de 2001:

   ¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente ver que el horror estalla en tu patio y no en el living del vecino? ¿Cómo se siente el miedo apretando tu pecho, el pánico que provocan el ruido ensordecedor, las llamas sin control, los edificios que se derrumban, ese terrible olor que se mete hasta el fondo en los pulmones, los ojos de los inocentes que caminan cubiertos de sangre y polvo?

¿Cómo se vive por un día en tu propia casa la incertidumbre de lo que va a pasar? ¿Cómo se sale del estado de shock? En estado de shock caminaban  el  6 de agosto de 1945 los sobrevivientes de Hiroshima. Nada quedaba en pie en la ciudad luego que el artillero norteamericano del Enola Gay dejara caer la bomba. En pocos segundos habían muerto 80.000 hombres mujeres y niños. Otros 250.000 morirían en los años siguientes a causa de las radiaciones. Pero esa era una guerra lejana y ni siquiera existía la televisión. ¿Cómo morirían en los años siguientes a causa de las radiaciones? Pero esa era una guerra lejana y ni siquiera existía la televisión. ¿Cómo se siente hoy el horror cuando las terribles imágenes de la televisión te dicen que lo ocurrido el fatídico 11 de septiembre no pasó en una tierra lejana sino en tu propia patria? Otro 11 de septiembre, pero de 28 años atrás, había muerto un presidente de nombre Salvador Allende resistiendo un golpe de Estado que tus gobernantes habían planeado. También fueron tiempos de horror, pero eso pasaba muy lejos de tu frontera, en una ignota “republiqueta” sudamericana. Las “republiquetas” estaban en tu patio trasero y nunca te preocupaste mucho cuando tus marines salían a sangre y fuego a imponer sus puntos de vista.

  ¿Sabías que entre 1824 y 1994 tu país llevó a cabo 73 invasiones a países de América Latina? Las víctimas fueron Puerto Rico, México, Nicaragua, Panamá, Haití, Colombia, Cuba, Honduras, República Dominicana, Islas Vírgenes, El Salvador, Guatemala y Granada. Hace casi un siglo que tus gobernantes están en guerra. Desde el comienzo del siglo XX, casi no hubo una guerra en el mundo en que la gente de tu Pentágono no hubiera participado. Claro, las bombas siempre explotaron fuera de tu territorio, con excepción de Pearl Harbor cuando la aviación japonesa bombardeó la Séptima Flota en 1941. Pero siempre el horror estuvo lejos. Cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo en medio del polvo, cuando viste las imágenes por televisión o escuchaste los gritos porque estabas esa mañana en Manhattan, ¿pensaste por un segundo en lo que sintieron los campesinos de Vietnam durante muchos años? En
Manhattan, la gente caía desde las alturas de los rascacielos como trágicas marionetas. En Vietnam, la gente daba alaridos porque el napalm seguía quemando la carne por mucho tiempo y la muerte era espantosa, tanto como las de quienes caían en un salto desesperado al vacío. Tu aviación no dejó una fábrica en pie ni un puente sin destruir en Yugoslavia. En Irak fueron  500.000 los muertos. Medio millón de almas se llevó la Operación Tormenta del Desierto... ¿Cuánta gente desangrada en lugares tan exóticos y lejanos como Vietnam, Irak, Irán, Afganistán, Libia, Angola, Somalia, Congo, Nicaragua, República Dominicana, Camboya, Yugoslavia, Sudán, y una lista interminable? En todos esos lugares los proyectiles habían sido fabricados en factorías de tu país, y eran apuntados por tus muchachos, por gente pagada por tu Departamento de Estado, y solo para que tu pudieras seguir gozando de la forma de vida americana. Hace casi un siglo que tu país está en guerra con todo el mundo. Curiosamente, tus gobernantes lanzan los jinetes del Apocalipsis en nombre de la libertad y de la democracia. Pero debes saber que para muchos pueblos del mundo (en este planeta donde cada día mueren 24.000 pobladores por hambre o enfermedades curables), Estados Unidos no representa la libertad, sino un enemigo lejano y terrible que sólo siembra guerra, hambre, miedo y destrucción. Siempre han sido conflictos bélicos lejanos para ti, pero para quienes viven allá es una dolorosa realidad cercana una guerra donde los edificios se desploman bajo las bombas y donde esa gente encuentra una muerte horrible. Y las víctimas han  sido, en el 90 por ciento, civiles, mujeres, ancianos, niños (efectos colaterales).

 ¿Qué se siente cuando el horror golpea a tu puerta aunque sea por un solo día? ¿Qué se piensa cuando las víctimas en Nueva York son secretarias, operadores de bolsa o empleados de limpieza que pagaban puntualmente sus impuestos y nunca mataron una mosca? ¿Cómo se siente el miedo? ¿Cómo se siente, yanqui, saber que la larga guerra finalmente el 11 de septiembre llegó a tu casa?

Gabriel García Márquez

domingo, 10 de marzo de 2019

Luis R. Sánchez ¡Yo amo a Mafalda!

Revisado enero de 2022


Revisado en febrero de 2021


miércoles, 5 de enero de 2005

El Nuevo DÍA
                                                                         

                                    Luis Rafael Sánchez (escritor)



                                       ¡Yo amo a Mafalda!
  
      Cuando Ediciones de la flor se interesó en publicar “La guaracha del Macho Camacho” quise manosear otros libros del mismo sello para indagar sobre la familia de la que podríaser parte. Visité la librería por excelencia de entonces, la Hispanoamericana. 

Ubicaba donde ahora ubica la Librería Mágica. Que constituye, junto a La Tertulia, la 
Cultural, la Edil, la Universitas, la Interbooks y la Econolibros un oasis riopedrense de palabras con ton y son.
   
    Regentaba la Hispanoamericana su dueño. El argentino Juan Galaher, a quien la literatura entusiasmaba, de verdad. El entusiasmo se traducía en el conocimiento vasto de los libros en almacén, de las novedades editoriales en oferta, de las predilecciones temerarias de cada parroquiano. No extrañará saber que su persona y librería convocaban, en número profuso, a maestros y estudiantes, escritores y el público sin más etiqueta que la honrosa de público lector.  La visita dio fruto. En la Hispanoamericana di con dos novelas publicadas por Ediciones  de la Flor.  Una se titulaba “Barrio de Broncas” del peruano José Antonio Bravo, la otra, “Breve historia de todas las cosas” del colombiano Marco Antonio Aguilera Garramuño. Compré y leí ambas de inmediato. 

  Después, porque al recuerdo le sientan las acrobacias, recordé estar en posesión de “Paradiso”, la novela que desbordó mi entusiasmo por el cubano Lezama Lima y que publicó también, De la Flor. Hoy dichos tres ejemplares  respiran unos aires nuevos en  la Universidad de Humacao, institución a la que acabo de regalar mis dos bibliotecas, la profesional y la personal.
  
     Huelga decir que aprové la familia eventual. La aprobación se disparó hacia el entusiasmo cuando, pasados unos días, caí en la cuenta de que Ediciones de la Flor publicaba las tirillas cómicas de Mafalda. Se trataba de mi personaje  caricatural favorito, seguido de cerca por la Pequeña Lulú, Pancho y Ramona, Cándido, Boneto el del Arca, Don Fulgencio, el Hombre Que No Tuvo Infancia y otra gente de  factura imaginaria que me acompañó desde niño, con más paciencia y entendederas que la gente real. Estando de por medio una mujercita tan conspicua como Mafalda quedaba patente la audacia de Ediciones de La Flor. Por otro lado, el gran filósofo norteamericano, David Dwigth Eisenhower sentenció – Lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos de Norteamérica. Refraseando al gran  filósofo norteamericano repetí, en voz para nada baja- Lo que es bueno para Mafalda es bueno para mí.

     Vienen a cuento unas cuantas preguntas. ¿Por qué amé a Mafalda desde cuando transcurría el segundo acto de mi vida? ¿Por qué la sigo amando ahora cuando transcurre el tercer acto de la misma? ¿Por qué entonces y ahora disfruto, hasta la sonrisa secarse, las observaciones de tan entrañable piojo? Sobrarían las  contestaciones. El amor no es reducible a aritmética, pese a que los dólares amenizan ciertos sainetes representados al sur del ombligo. Aún asٕí, debo proceder a acopiar dos o tres  contestaciones, cosa de cuadrar el caso, según diría uno de esos inolvidables abogados bayoyeros, partidarios del vino Lambrusco y de la sopa de fideo y salchichón.
   
     Amo a Mafalda porque amo su nombre con sabor a extrañeza, no obstante los diccionarios de santos registrar una Santa Mafalda, cuya festividad se celebra el día dos de mayo. La amo porque en sus vísceras se asienta un semillero de opiniones anticonvencionales, producto de una rebeldía precoz y útil, rebeldía ajena a la incivilidad y la malacrianza. También porque en su contorno infantil escasean las hadas aéreas y los príncipes azules, pero abundan otras fantasías más increٕíbles como la fantasía suprema en que consiste la justicia humana. Amo a Mafalda porque su humor opera como un paradigma de brutal esperanza y silvestre optimismo. Y porque considero la inteligencia 
el afrodisíaco cumbre. Y Mafalda, tan fea como tan franca, es inteligente plus.
  
    Por encima de otras razones, la amo porque, como a todo niño, la insatisfacen las satisfacciones en que se regodean los adultos. Si la adultez es simulación, la niñez es franqueza, Si la adultez contemporiza, la niñez, intransige. Si la adultez se refugia en 
el conformismo, la niñez se refugia en el desafío.Convengamos que Mafalda es franqueza, intransigencia, desafío.

 P.D.: Aspiro a que Mafalda se sepa la más idolatrada de las tirillas cómicas de 

cabecera. De modo que la llevaría a la playa de Acapulco a acariciar las estrellitas


 con sus manitas. Si hubiera mariachi a la vista pediría le cantaran, con un fondo 


majestuoso de violines y guitarrones, una canción que dijera Mafalda bonita, 


Mafalda del alma.