martes, 12 de noviembre de 2019

Confieso que he vivido (Memorias) Pablo Neruda

Revisado enero 2022

Revisado 18 de febrero de 2020

Confieso que he vivido (Memorias) Pablo Neruda. Editorial Seix Barral. Pag. 77-78.
La Palabra
…Todo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y  bajan…  Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me  las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto,… las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola…Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otras se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos que andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro,  oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca mas se ha vuelto ha ver en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada  la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando Se llevaron el oro y nos dejaron el oro…  Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.




jueves, 7 de noviembre de 2019

Tiene la noche una raíz (cuento de Luis Rafael Sánchez)

Revisado enero de 2022

Revisado febrero de 2020 
A Mariano Feliciano
    A las siete el dindón. Las tres beatísimas, con unos cuantos pecados a cuestas, marcharon a la iglesia a rezongar el ave nocturnal. Iban de prisita, todavía el séptimo dindón agobiando, con la sana esperanza de acabar de prisita el rosario para regresar al beaterío y echar, ¡ya libres de pecados!, el ojo por las rendijas y saber quién alquilaba esa noche el colchón de la Gurdelia. ¡La Gurdelia Grifitos nombrada! ¡La vergüenza de los vergonzosos, el pecado del pueblo todo!
   Gurdelia Grifitos, el escote y el ombligo de manos, al oír el séptimo dindón, se paró detrás del antepecho con su lindo abanico de nácar, tris-tras-tris-tras, y empezó a anunciar la mercancía. En el pueblo el negocio era breve. Uno que otro majadero cosechando los treinta, algún viejo verdérrimo o un tipitejo quinceañero debutante. Total, ocho o diez pesos por semana que, sacando los tres del cuarto, los dos de la fiambrera y los dos para polvos, meivelines y lipstis, se venían a quedar en la dichosa porquería que sepultaba en una alcancía hambrienta.
Gurdelia no era hermosa. Una murallita de dientes le combinaba con los ojos saltones y asustados que tenía, ¡menos mal! en el sitio en que todos tenemos los ojos. Su nariguda nariz era suma de muchas narices que podían ser suyas o prestadas. Pero lo que redondeaba su encanto de negrita bullanguera era el buen par de metáforas —princesas cautivas de un sostén cuarenticinco— que encaramaba en el antepecho y que le hacían un suculento antecedente. Por eso, a las siete, las mujeres decentes y cotidianas oscurecían sus balcones y sólo quedaba, como anuncio luminoso, el foco de la Gurdelia.
  Gurdelia se recostaba del antepecho y esperaba. No era a las siete ni a las ocho que venían sino más tarde. Por eso aquel toc único en su persiana la asombró. El gato de la vecina, pensó. El gato maullero encargado de asustarla. Desde su llegada había empezado la cuestión. Mariposas negras prendidas con un alfiler, cruces de fósforos sobre el antepecho, el miau en staccato, hechizos, maldiciones y fufús, desde la noche de la tormenta en que llegó al pueblo. Pero ella era valiente. Ni la asustaba eso, ni las sartas de insultos en la madrugada, ni las piedras en el techo. Así que cuando el toc se hizo de nuevo agarró la escoba, se echó un coño a la boca y abrió la puerta de sopetón. Y al abrir:
—Soy yo, doñita, soy yo que vengo a entrar. Míreme la mano apretá. Es un medio peso afisiao. Míreme el puño, doñita. Le pago éste ahora y después cada sábado le lavo el atrio al cura y medio y medio hasta pagar los dos que dicen que vale.
   La jeringonza terminó en la sala ante el asombro de la Grifitos, que no veía con buenos ojos que un muchachito se le metiera en la casa. No por ella, que no comía niños, sino por los vecinos. Un muchachito allí afilaba las piedras y alimentaba las lenguas. Luego, un muchachito bien chito, ni siquiera tirando a mocetón, un muchachito con gorra azul llamado…
—¿Cómo te llamas?
—Cuco.
Un muchachito llamado Cuco, que se quitó la gorra azul y se dejó al aire el cholo pelón.     
—¿Qué hace aquí?
—Vine con este medio peso, doñita.
—Yo no vendo dulce.
—Yo no quiero dulce, doñita.
—Pues yo no tengo ná.
—Ay, sí, doñita. Dicen los que han venío que… Cosa que yo no voy a decir pero dicen cosas tan devinas que yo he mancao este medio peso porque tengo gana del amor que dicen que usté vende.
—¿Quién dice?
Gurdelia puso cara de vecina y se llevó las manos a la cintura como cualquier señora honrada que pregunta lo que le gusta a su capricho.
—Yo oí que mi pai se lo decía a un compai, doñita. Que era devino. Que él venía de cuando en vez porque era devino, bien devino, tan devino que él pensaba golver.
—¿Y qué era lo devino?
—Yo no sé pero devino, doñita.
   Gurdelia Grifitos, lengüetera, bembetera, solariega, güíchara registrada, lavá y tendía en tó el pueblo, bocona y puntillosa, como que no encontraba por dónde agarrar el muerto. Abría los ojos, los cerraba, se daba tris-tras en las metáforas pero sólo lograba decir: Ay Virgen, ay Virgen. Gurdelia Grifitos, loba vieja en los menesteres de vender amor, como que no encontraba por dónde desenredar el enredo, porque era la primera vez en su perra vida que se veía requerida por un… por un… ¡Dios Santo! Era desenvuelta, cosa que en su caso venía como anillo, argumentosa, pico de oro, en fin, ¡águila! Pero de pronto el muchachito Cuco la había callado. Precisamente por ser el muchachito Cuco. Precisamente por ser el muchachito. En todos sus afanados años se había enredado con viejos solterones, viejos casados, viejos viudos, solteros sin obligación o maridos cornudos o maridos corneando. Pero, un mocosillo, Santa Cachucha, que olía a trompo y chiringa. Un mocosillo que podía ser, claro que sí, su hijo. Esto último la mareó un poco. El vientre le dio un sacudón y las palabras le salieron.
—Usté e un niño. Eso son mala costumbre.
—Aquí viene tó el mundo. Mi paí dijo…
Ahora no le quedaban razones. Los dientes, a Gurdelia, se le salían en fila, luego, en un desplazamiento de retaguardia volvían a acomodarse, tal la rabia que tenía.
—Usté e un niño.
—Yo soy un hombre.
—¿Cuánto año tiene?
—Die pa once.
—Mire nenine. Voy a llamar a su pai.
Pero Cuco puso la boca apucherada, como para llorar hasta mañana y entre puchero y gemido decía —que soy un hombre—. Gurdelia , el tris-tras por las metáforas, harta ya de la histeria y la historia le dijo que estaba bien, que le daría del amor.
Bien por dentro empezó a dibujar una idea.
—Venga acá… a mi falda.
Cuco estrenó una sonrisa de demonio junior.
—Cierre lo ojito.
—Pai decía que en la cama, doñita.
—La cama viene despué.
  Cuco, tembloroso, fue a acurrucarse por la cama de la Gurdelia. Ésta se estaba quieta pero el vientre volvió a darle otro salto magnífico. Cuando Gurdelia sintió la canción reventándole por la garganta, Cuco dijo —oiga, oiga—. Pero el sillón que se mecía y a la luz que era mediana y el vaivén del que no tiene vaca no bebe leche empezaron a remolcarlo hasta la zona rotunda del sueño. Gurdelia lo cambió a la cama y allí lo dejó un buen rato. Al despertar, como sin creerlo, como si se hubiese vuelto loco, Cuco, preguntó bajito:
—¿Ya, doñita?
Ella, como sin creerlo, como si se hubiese vuelto loca, le contestó, más bajito aún:
—Ya, Cuco.
   Cuco salió corriendo diciendo —devino, devino—. Gurdelia, al verlo ir, sintió el vaivén del que no tiene vaca no bebe leche levantándole una parcela de la barriga. Esa noche apagó temprano. Y un viejo borracho se cansó de tocar.
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Este cuento forma parte del cuarto volumen de Sólo cuento editado por la Dirección de Literatura de la UNAM, que ganó el reconocimiento como el mejor libro de ficción otorgado por la CANIEM, en 2012.


miércoles, 6 de noviembre de 2019

La generación o sea (Luis Rafael Sánchez)

Revisado  enero 2022

Revisado febrero de 2020

La generación o sea (Luis Rafael Sánchez)

   Recientemente - y el adverbio flexibiliza la distancia temporal- un estudiante contestaba a mi pregunta  sobre la mala novela de un buen poeta de la manera  siguiente:
  “O sea que el personaje se suicida a sí mismo con pastillas de dormir, o sea que el personaje se mata a sí mismo, o sea con una  dosis  grande de supositorios”
   La referencia al personaje que, en el colmo de las osadías, se suicida a sí mismo no es la noticia más  relevante de la respuesta citada.Tampoco lo es el testimonio curioso de la ingestión masiva de supositorios, aunque una cantidad  generosa de los mismos sintetice la capacidad letal del exceso soporífero: cada quien se suicida por la vía de su apetito o preferencia. De las formas que ha de tomar el suicidio no hay legislación vigente: lo que revela además, la necesiad  de publicar un breviario sobre el particular en la hipotética serie coleccionable Hágalo personalmente. Tal publicación evitaría o fomentaría no solo suicidarse en primavera sino también los suicidios  ejemplares como el que escoge- borrascoso pero elocuente- el protagonista de la novela española del siglo quince Cárcel de amor.
    La noticia relevante, de la respuesta citada es la repetición, una, diez, cien veces de la frase “o sea”, utilizada como angustioso recurso de ciego de la lengua que adelanta ese torpe bastón inseguro y vacilante; o sea que reclama la palabra distante que ni llega ni alumbra porque ha sido almacenada en la región de la inteligencia que llamaremos, arbitrariamente, de la expresión cierta; región desde la cual asimos la realidad o la porción de  aquella que nos importa y conmueve, hecha toda de  palabra la realidad.
   En el acopio, la selección y el inventario de las palabras que totalizan la experiencia individual lo que se hace es acopiar, seleccionar e inventariar nada menos que la idea misma de la vida, y a su vez, las involuciones y revoluciones que la configuran; en toda palabra se concreta una experiencia de rigor social que nos impone y expone, toda palabra que nos fecha en la historia mientras nos historia, toda  palabra nos ficha  taxativamente en la moral. Fecha y ficha  plenamente completadas por la simple manifestación del pensamiento más simple.
   Escribo en puertorriqueño cuando llamo a la frase o sea recurso ciego de la lengua o muleta dolorosa de quien ha sido educado para no serlo; educación, la  oficiada en el salón de clases reducida al aparato circunstancial justamente prescindible. Cuando el estudiante aludido en párrafo inicial se lanza  a la exposición desde el equívoco trampolín que es la frase o sea  adelanta que no  dispone  de la palabra que más tarde, en el reconocimiento de la impotencia verbal, jurará tener-paradójicamente- en la punta de la lengua. La frase o sea[ISMS1]  pretende completar, precisar o hasta traducir la afirmación primera: “o sea que el personaje  se suicida a sí mismo con pastillas de dormir” a una lengua, creídamente eficaz:  “o sea que el personaje se suicida así mismo”.
   La reacción siguiente a lo que apenas si es un balbuceo es francamente desoladora; donde no ocupa espacio la palabra se coloca una sonrisa mediana o mediadora, se organiza una gesticulación trunca, se oscurece la sílaba última de la oración como advertencia de la limitación o mutilación expresiva aunque la causa  se desconoce o se  aparenta desconocer.
   Escribo en puertorriqueño cuando digo que entre nosotros no se maneja la lengua con comodidad, con soltura y cabalidad, con la naturalidad y el empeño de aquel para quien la lengua no es motivo de tensión, pero sí el aparato que transmite su vibración íntima: la espiritual, la ideal, la material. ¡Ojo! No me refiero a una lengua de falsificado hispanismo y casticismo maltrecho, refulgente de mantones, castañuelas  y zetas que quiebran el oído. Tampoco a una lengua de soterrada intención clasista y erudición de antología descompaginada con la que se trafica por las academias de artes y ciencias, las directivas de clubes cívicos y la telúrica poesía del pendejismo lírico que tan larga carrera ha hecho entre nosotros. Hablo del embarazo de organizar la experiencia desde la palabra corriente, lozana; hablo de la posición firme, profunda, clara, de nuestra lengua, nuestra única lengua, pese a la mentira  burocrática del bilingüismo.
   La vacilación nominativa, la recurrencia a la piedad del o sea, traductor de un pensamiento que jamás se efectúa, la sustitución de las palabras reales por términos de grotesca manufactura  como el deso, la desa, el coso, el cosito ese, la cosita esa, la vaina esa, el aparatito que es como una cosita redondita, participan de una explicación rasa: la educación ambivalente, colonizada y colonizadora a los niveles simultáneos  del hogar y la escuela.
   Chiquiteo y mamismo, nieve y ardillitas juguetonas de Central Park, faldas de la madre y la abuela, y la tía y la maestra y la principal escolar y el cura, log cabin, del buenazo de Lincoln y árbol de cherry del perdonado por verdadero George Washington, huevo de Easter y brujas de Halloween; el niño puertorriqueño recala en la palabra tras un viaje por la más oscura de las selvas como ha planteado, deliciosamente, el escritor Salvador Tió en su artículo Amol se escribe con R; selva oscura e inhóspita donde la palabra niño revierte a la  reducción más pueril e insensata: el niño es el niñito además de ser gordito o flaquito, peludito o calvito, feíto o graciosito; el niñito tiene una naricita en vez de una nariz, el niñito toma lechita en vez de leche, el criterio selectivo de la mamita decidirá si toma de las Tres Monjitas, el niñito defeca una caquita blanquita pero jamás una caca blanda, el niñito está dormidito en su cunita, pero nunca dormido en una cuna. La enumeración es infinita y hasta auspicia el razonamiento malsano de que Blancanieves y los siete enanitos es la expresión más alta de nuestra literatura nacional.
   La protección diminutista no sería lesiva si las palabras  murieran una vez dichas, sino albergaran la intensidad de  un corazón que late: pero una palabra es mucho más que una palabra; es una toma de poder, un arma que  permite la modificación de la circunstancia, una licencia  para instalarse en el mundo. Tras ese chiquiteo inicial se dispone la reducción de la palabra en su contenido y su número; falsa, torpemente, se asume que el niño niñito está incapacitado para acumular un vocabulario amplio y exacto. Del chiquiteo cuyos itos e itas presuponen una inmensidad de dulzura y cariño se pasa a la utilización de los términos de grotesca manufactura como el deso, la desa, el coso, el cosito, la vaina, el aparatito que es como una  cosita redondita, sustitutos imposibles para la nominación correcta del objeto. Mediante este proceso la realidad se elementariza hasta hacerse extraña y desconocida y la palabra se niega o se escamotea. La facilidad necia que se le adelanta al niño en los años del ahorro léxico se convierte, una vez adulto, en la más patética de las dificultades: la imposibilidad de la fluidez verbal meramente acceptable.
   La escuela puertorriqueña es un carnaval de veleidades: bailoteo y caridad putrefacta, ropaje y mascaras alegrotas, ceremoniales de graduación y santoral  académico, Patrulla áerea civil y Futuras amas de casa de América; orientación rotunda para la desorientación futura. La tontería se eleva a categoría, la frivolidad también. Como si el norte de todo el sistema educativo puertorriqueño fuera el fracaso estrepitoso.
  Escribo en puertorriqueño y llamo generación o sea a aquella a la que se le opone la construcción de la libertad social  de la libertad social de la palabra: suma mayor de las otras. Esa libertad se cumple cuando el individuo se educa para saber l nombre exacto y escueto de las cosas: sin falsificaciones, sin bizquera semántica sin desos o sea trágicos que impiden informar – lisa y llanamente- que un personaje se ha suicidado con soporíferos. En su libro El laberinto de la soledad afirma el mexicano Octavio Paz que “la crítica del lenguaje es una crítica  histórica y moral”. Buen tratado para un comienzo: palabra, historia y moral en una sola ecuación.
                                                              (Tomado de Claridad, San Juan, 23-1-1972)