viernes, 10 de septiembre de 2021

La generación o sea (Luis Rafael Sánchez)

 Revisado enero 2022


La generación o sea   (Luis Rafael Sánchez)

      Recientemente - y el adverbio flexibiliza la distancia temporal- un estudiante contestaba a mi pregunta sobre la mala novela de un buen poeta de la manera  siguiente:

  “O sea que el personaje se suicida a sí mismo con pastillas de dormir, o sea que el personaje se mata a sí mismo, o sea con una  dosis  grande de supositorios”

   La referencia al personaje que, en el colmo de las osadías, se suicida a sí mismo no es la noticia más relevante de la respuesta citada.Tampoco lo es el testimonio curioso de la ingestión masiva de supositorios, aunque una cantidad  generosa de los mismos sintetice la capacidad letal del exceso soporífero: cada quien se suicida por la vía de su apetito o preferencia. De las formas que ha de tomar el suicidio no hay legislación vigente: lo que revela además, la necesidad  de publicar un breviario sobre el particular en la hipotética serie coleccionable Hágalo personalmente. Tal publicación evitaría o fomentaría no solo suicidarse en primavera sino también los suicidios  ejemplares como el que escoge- borrascoso pero elocuente- el protagonista de la novela española del siglo quince Cárcel de amor.

    La noticia relevante, de la respuesta citada es la repetición, una, diez, cien veces de la frase “o sea”, utilizada como angustioso recurso de ciego de la lengua que adelanta ese torpe bastón inseguro y vacilante; o sea que reclama la palabra distante que ni llega ni alumbra porque ha sido almacenada en la región de la inteligencia que llamaremos, arbitrariamente, de la expresión cierta; región desde la cual asimos la realidad o la porción de  aquella que nos importa y conmueve, hecha toda de  palabra la realidad.

   En el acopio, la selección y el inventario de las palabras que totalizan la experiencia individual lo que se hace es acopiar, seleccionar e inventariar nada menos que la idea misma de la vida, y a su vez, las involuciones y revoluciones que la configuran; en toda palabra se concreta una experiencia de rigor social que nos impone y expone, toda palabra que nos fecha en la historia mientras nos historia, toda  palabra nos ficha  taxativamente en la moral. Fecha y ficha  plenamente completadas por la simple manifestación del pensamiento más simple.

   Escribo en puertorriqueño cuando llamo a la frase o sea recurso ciego de la lengua o muleta dolorosa de quien ha sido educado para no serlo; educación, la  oficiada en el salón de clases reducida al aparato circunstancial justamente prescindible. Cuando el estudiante aludido en párrafo inicial se lanza  a la exposición desde el equívoco trampolín que es la frase o sea  adelanta que no  dispone  de la palabra que más tarde, en el reconocimiento de la impotencia verbal, jurará tener-paradójicamente- en la punta de la lengua. La frase o sea pretende completar, precisar o hasta traducir la afirmación primera: “o sea que el personaje  se suicida a sí mismo con pastillas de dormir” a una lengua, creídamente eficaz:  “o sea que el personaje se suicida así mismo”.

   La reacción siguiente a lo que apenas si es un balbuceo es francamente desoladora; donde no ocupa espacio la palabra se coloca una sonrisa mediana o mediadora, se organiza una gesticulación trunca, se oscurece la sílaba última de la oración como advertencia de la limitación o mutilación expresiva aunque la causa  se desconoce o se  aparenta desconocer.

   Escribo en puertorriqueño cuando digo que entre nosotros no se maneja la lengua con comodidad, con soltura y cabalidad, con la naturalidad y el empeño de aquel para quien la lengua no es motivo de tensión, pero sí el aparato que transmite su vibración íntima: la espiritual, la ideal, la material. ¡Ojo! No me refiero a una lengua de falsificado hispanismo y casticismo maltrecho, refulgente de mantones, castañuelas  y zetas que quiebran el oído. Tampoco a una lengua de soterrada intención clasista y erudición de antología descompaginada con la que se trafica por las academias de artes y ciencias, las directivas de clubes cívicos y la telúrica poesía del pendejismo lírico que tan larga carrera ha hecho entre nosotros. Hablo del embarazo de organizar la experiencia desde la palabra corriente, lozana; hablo de la posición firme, profunda, clara, de nuestra lengua, nuestra única lengua, pese a la mentira  burocrática del bilingüismo.

   La vacilación nominativa, la recurrencia a la piedad del o sea, traductor de un pensamiento que jamás se efectúa, la sustitución de las palabras reales por términos de grotesca manufactura  como el deso, la desa, el coso, el cosito ese, la cosita esa, la vaina esa, el aparatito que es como una cosita redondita, participan de una explicación rasa: la educación ambivalente, colonizada y colonizadora a los niveles simultáneos  del hogar y la escuela.

   Chiquiteo y mamismo, nieve y ardillitas juguetonas de Central Park, faldas de la madre y la abuela, y la tía y la maestra y la principal escolar y el cura, log cabin, del buenazo de Lincoln y árbol de cherry del perdonado por verdadero George Washington, huevo de Easter y brujas de Halloween; el niño puertorriqueño recala en la palabra tras un viaje por la más oscura de las selvas como ha planteado, deliciosamente, el escritor Salvador Tió en su artículo Amol se escribe con R; selva oscura e inhóspita donde la palabra niño revierte a la  reducción más pueril e insensata: el niño es el niñito además de ser gordito o flaquito, peludito o calvito, feíto o graciosito; el niñito tiene una naricita en vez de una nariz, el niñito toma lechita en vez de leche, el criterio selectivo de la mamita decidirá si toma de las Tres Monjitas, el niñito defeca una caquita blanquita pero jamás una caca blanda, el niñito está dormidito en su cunita, pero nunca dormido en una cuna. La enumeración es infinita y hasta auspicia el razonamiento malsano de que Blancanieves y los siete enanitos es la expresión más alta de nuestra literatura nacional.

   La protección diminutista no sería lesiva si las palabras  murieran una vez dichas, sino albergaran la intensidad de  un corazón que late: pero una palabra es mucho más que una palabra; es una toma de poder, un arma que  permite la modificación de la circunstancia, una licencia  para instalarse en el mundo. Tras ese chiquiteo inicial se dispone la reducción de la palabra en su contenido y su número; falsa, torpemente, se asume que el niño niñito está incapacitado para acumular un vocabulario amplio y exacto. Del chiquiteo cuyos itos e itas presuponen una inmensidad de dulzura y cariño se pasa a la utilización de los términos de grotesca manufactura como el deso, la desa, el coso, el cosito, la vaina, el aparatito que es como una  cosita redondita, sustitutos imposibles para la nominación correcta del objeto. Mediante este proceso la realidad se elementariza hasta hacerse extraña y desconocida y la palabra se niega o se escamotea. La facilidad necia que se le adelanta al niño en los años del ahorro léxico se convierte, una vez adulto, en la más patética de las dificultades: la imposibilidad de la fluidez verbal meramente acceptable.

   La escuela puertorriqueña es un carnaval de veleidades: bailoteo y caridad putrefacta, ropaje y mascaras alegrotas, ceremoniales de graduación y santoral  académico, Patrulla áerea civil y Futuras amas de casa de América; orientación rotunda para la desorientación futura. La tontería se eleva a categoría, la frivolidad también. Como si el norte de todo el sistema educativo puertorriqueño fuera el fracaso estrepitoso.

  Escribo en puertorriqueño y llamo generación o sea a aquella a la que se le opone la construcción de la libertad social  de la libertad social de la palabra: suma mayor de las otras. Esa libertad se cumple cuando el individuo se educa para saber l nombre exacto y escueto de las cosas: sin falsificaciones, sin bizquera semántica sin desos o sea trágicos que impiden informar – lisa y llanamente- que un personaje se ha suicidado con soporíferos. En su libro El laberinto de la soledad afirma el mexicano Octavio Paz que “ la crítica del lenguaje es una crítica  histórica y moral”. Buen tratado para un comienzo: palabra, historia y moral en una sola ecuación.

                                                              (Tomado de Claridad, San Juan, 23-1-1972)

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