Revisado enero 2022
La generación o sea (Luis Rafael Sánchez)
Recientemente -
y el adverbio flexibiliza la distancia temporal- un estudiante contestaba a mi
pregunta sobre la mala novela de un buen poeta de la manera siguiente:
“O sea que el personaje se suicida a sí mismo
con pastillas de dormir, o sea que el personaje se mata a sí mismo, o sea con
una dosis grande de supositorios”
La referencia al personaje que, en el colmo de
las osadías, se suicida a sí mismo no es la noticia más relevante de la
respuesta citada.Tampoco lo es el testimonio curioso de la ingestión masiva de
supositorios, aunque una cantidad
generosa de los mismos sintetice la capacidad letal del exceso
soporífero: cada quien se suicida por la vía de su apetito o preferencia. De
las formas que ha de tomar el suicidio no hay legislación vigente: lo que
revela además, la necesidad de publicar
un breviario sobre el particular en la hipotética serie coleccionable Hágalo personalmente. Tal publicación
evitaría o fomentaría no solo suicidarse en primavera sino también los
suicidios ejemplares como el que escoge-
borrascoso pero elocuente- el protagonista de la novela española del siglo
quince Cárcel de amor.
La noticia
relevante, de la respuesta citada es la repetición, una, diez, cien veces de la
frase “o sea”, utilizada como
angustioso recurso de ciego de la lengua que adelanta ese torpe bastón inseguro
y vacilante; o sea que reclama la palabra distante que ni llega ni alumbra
porque ha sido almacenada en la región de la inteligencia que llamaremos,
arbitrariamente, de la expresión cierta; región desde la cual asimos la
realidad o la porción de aquella que nos
importa y conmueve, hecha toda de
palabra la realidad.
En el acopio, la selección y el inventario de
las palabras que totalizan la experiencia individual lo que se hace es acopiar,
seleccionar e inventariar nada menos que la idea misma de la vida, y a su vez,
las involuciones y revoluciones que la configuran; en toda palabra se concreta
una experiencia de rigor social que nos impone y expone, toda palabra que nos
fecha en la historia mientras nos historia, toda palabra nos ficha taxativamente en la moral. Fecha y ficha plenamente completadas por la simple
manifestación del pensamiento más simple.
Escribo en
puertorriqueño cuando llamo a la frase o
sea recurso ciego de la lengua o muleta dolorosa de quien ha sido educado
para no serlo; educación, la oficiada en
el salón de clases reducida al aparato circunstancial justamente prescindible.
Cuando el estudiante aludido en párrafo inicial se lanza a la exposición desde el equívoco trampolín
que es la frase o sea adelanta que no dispone
de la palabra que más tarde, en el reconocimiento de la impotencia
verbal, jurará tener-paradójicamente- en la punta de la lengua. La frase o sea pretende completar,
precisar o hasta traducir la afirmación primera: “o sea que el personaje se
suicida a sí mismo con pastillas de dormir” a una lengua, creídamente
eficaz: “o sea que el personaje se suicida así mismo”.
La reacción
siguiente a lo que apenas si es un balbuceo es francamente desoladora; donde no
ocupa espacio la palabra se coloca una sonrisa mediana o mediadora, se organiza
una gesticulación trunca, se oscurece la sílaba última de la oración como
advertencia de la limitación o mutilación expresiva aunque la causa se desconoce o se aparenta desconocer.
Escribo en puertorriqueño cuando digo que
entre nosotros no se maneja la lengua con comodidad, con soltura y cabalidad,
con la naturalidad y el empeño de aquel para quien la lengua no es motivo de
tensión, pero sí el aparato que transmite su vibración íntima: la espiritual,
la ideal, la material. ¡Ojo! No me refiero a una lengua de falsificado
hispanismo y casticismo maltrecho, refulgente de mantones, castañuelas y zetas que quiebran el oído. Tampoco a una
lengua de soterrada intención clasista y erudición de antología descompaginada
con la que se trafica por las academias de artes y ciencias, las directivas de
clubes cívicos y la telúrica poesía del pendejismo lírico que tan larga carrera
ha hecho entre nosotros. Hablo del embarazo de organizar la experiencia desde
la palabra corriente, lozana; hablo de la posición firme, profunda, clara, de
nuestra lengua, nuestra única lengua, pese a la mentira burocrática del bilingüismo.
La vacilación nominativa, la recurrencia a la
piedad del o sea, traductor de un
pensamiento que jamás se efectúa, la sustitución de las palabras reales por
términos de grotesca manufactura como el
deso, la desa, el coso, el cosito ese, la
cosita esa, la vaina esa, el aparatito que es como una cosita redondita, participan
de una explicación rasa: la educación
ambivalente, colonizada y colonizadora a los niveles simultáneos del hogar y la escuela.
Chiquiteo
y mamismo, nieve y ardillitas juguetonas de Central Park, faldas de la madre y
la abuela, y la tía y la maestra y la principal escolar y el cura, log cabin,
del buenazo de Lincoln y árbol de cherry del perdonado por verdadero George
Washington, huevo de Easter y brujas de Halloween; el niño puertorriqueño
recala en la palabra tras un viaje por la más oscura de las selvas como ha
planteado, deliciosamente, el escritor Salvador Tió en su artículo Amol se escribe con R; selva oscura e
inhóspita donde la palabra niño revierte a la
reducción más pueril e insensata: el niño es el niñito además de ser
gordito o flaquito, peludito o calvito, feíto o graciosito; el niñito tiene una
naricita en vez de una nariz, el niñito toma lechita en vez de leche, el
criterio selectivo de la mamita decidirá si toma de las Tres Monjitas, el
niñito defeca una caquita blanquita pero jamás una caca blanda, el niñito está
dormidito en su cunita, pero nunca dormido en una cuna. La enumeración es
infinita y hasta auspicia el razonamiento malsano de que Blancanieves y los siete
enanitos es la expresión más alta de nuestra literatura nacional.
La protección
diminutista no sería lesiva si las palabras murieran una vez dichas, sino albergaran la
intensidad de un corazón que late: pero
una palabra es mucho más que una palabra; es una toma de poder, un arma
que permite la modificación de la
circunstancia, una licencia para
instalarse en el mundo. Tras ese chiquiteo inicial se dispone la reducción de
la palabra en su contenido y su número; falsa, torpemente, se asume que el niño
niñito está incapacitado para acumular un vocabulario amplio y exacto. Del
chiquiteo cuyos itos e itas presuponen
una inmensidad de dulzura y cariño se pasa a la utilización de los términos de
grotesca manufactura como el deso, la desa, el coso, el cosito, la vaina, el
aparatito que es como una cosita
redondita, sustitutos imposibles para la nominación correcta del objeto.
Mediante este proceso la realidad se elementariza hasta hacerse extraña y
desconocida y la palabra se niega o se escamotea. La facilidad necia que se le
adelanta al niño en los años del ahorro léxico se convierte, una vez adulto, en
la más patética de las dificultades: la imposibilidad de la fluidez verbal
meramente acceptable.
La escuela
puertorriqueña es un carnaval de veleidades: bailoteo y caridad putrefacta,
ropaje y mascaras alegrotas, ceremoniales de graduación y santoral académico, Patrulla áerea civil y Futuras
amas de casa de América; orientación rotunda para la desorientación futura. La
tontería se eleva a categoría, la frivolidad también. Como si el norte de todo
el sistema educativo puertorriqueño fuera el fracaso estrepitoso.
Escribo en
puertorriqueño y llamo generación o sea a
aquella a la que se le opone la construcción de la libertad social de la libertad social de la palabra: suma
mayor de las otras. Esa libertad se cumple cuando el individuo se educa para
saber l nombre exacto y escueto de las cosas: sin falsificaciones, sin bizquera
semántica sin desos o sea trágicos
que impiden informar – lisa y llanamente- que un personaje se ha suicidado con
soporíferos. En su libro El laberinto de
la soledad afirma el mexicano Octavio Paz que “ la crítica del lenguaje es una crítica histórica y moral”. Buen tratado para un
comienzo: palabra, historia y moral en una sola ecuación.
(Tomado de Claridad, San Juan, 23-1-1972)
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